Una pareja destruye su amor a gritos frente a una entrada de edificio. A pocos metros, en tacos y falda negra, esa mujer cae en medio de la avenida. El taxista furioso parece dispuesto a pasar sobre ella con tal de atender al pasajero que espera. Entre tanto, los demás vehículos pisotean a su paso los numerosos papeles que escapan a la custodia de su dueña.
Acomoda su zapato culpando al taco por el derrumbe y su mirada se pierde desesperada en las notas anárquicamente dispersas por toda la cuadra y más allá. Solo ella conoce la importancia de esas palabras escritas que el viento roba en su presencia.
Justo allí, aquella entrada de edificio marca la ruptura, los gritos venidos en llanto se dividen en dos, tal vez para siempre, solo ellos lo saben. Imagino que esa joven despechada, su compañero y la mujer de tacos y falda sufren a solas por lo mismo en este instante, y con razón, que frágiles son las palabras que hasta el viento las distrae.
Yo soy el pasajero de taxi. Son solamente siete cuadras pero es tarde, subo y me alejo de los otros tres. El chofer mantiene el disgusto por el tiempo perdido, yo por mi parte me deslumbro ante la dinámica de estas historias que siguen su curso sin interesarse unas por otras.
“Los viajes cortos son los mejores”, dice el taxista. Me siento tranquilo por él, bajo y camino unos metros hasta mi destino.
La particularidad de las salas de espera es que son muy previsibles por dos cosas, “la doctora está atrasada, aún no llega, por favor espere”. La otra es su extraño silencio que de algún modo es muy distinto al silencio de otros lugares.
Pasados unos cuantos minutos llega otro paciente, hace su ingreso en recepción y se sienta. Era un chico joven, su expresión mostraba tristeza y arrepentimiento. Llamaba a alguien repetidamente, pero no tenía suerte en la comunicación. “Mi novia está enojada y la verdad la quiero mucho como para perderla” explica sin que nadie lo interrogue. Decirlo abiertamente parece haberle dado algo de paz para poder abandonar el teléfono en su bolsillo.
Pasan unos minutos más de ese silencio apenas quebrado por las palabras del muchacho, y lo hacen pasar justamente a él. En ese momento me lleno de un sentimiento, entre razonable y egoísta, que me arrastra al mostrador para hacer el reclamo.
- “No quiero molestarte, pero vengo sólo a buscar unos estudios, ¿no podrías ver si están listos así puedo retirarme?”
- “Disculpe señor, ocurre que la doctora acaba de llegar ya que ha tenido un contratiempo, ahora averiguo lo suyo, aguárdeme un momento.”
- “Por favor, es que yo estaba primero…”
Me senté a esperar de nuevo en la sala de los adultos chillones, avergonzado por el reclamo y mi situación de “señor”. Fue muy corto el tiempo transcurrido hasta que la secretaria vino a mí con un sobre en la mano.
- “Sus estudios señor, si quiere llevarlos por favor firme aquí.”
- “Te agradezco mucho, hasta luego.”
El viento en la cara y de nuevo la calle se roban la vergüenza y me devuelven algo de juventud. Voy hasta la parada del colectivo en la vereda de enfrente, parece que muchos se acercan hasta acá por ser donde arranca su recorrido la línea. Una pequeña picardía que yo hubiera compartido de haber estado a algunas pocas cuadras, después de todo viajar sentados es lo primero que deseamos en esos momentos.
Una vez arriba veo ocupados los mejores asientos, esos que siempre se ocupan primero, siendo entonces que me siento junto a una desconocida. Abro el sobre en mi mano y saco los estudios médicos, nada importante por suerte, tan solo estudios de rutina. Todos los números encajaban entre los intervalos propuestos como mínimos y máximos, eso era bueno, pero algo me llamó la atención.
Mientras suena el teléfono de mi compañera de banco, me doy cuenta que una de las hojas de mis estudios tiene marcada una huella de vehículo y está completamente arrugada, aunque planchada tal vez por la palma de una mano para disimularlo. “Claro, ahora entiendo su demora. Ella era la doctora”.
Me distraigo debatiendo internamente lo extraño de esta casualidad, mientras miro las manos de la chica que está a mi lado. Sin que yo se lo pregunte ella emite un comentario, “Mi novio no deja de llamarme y no quiero atenderlo…”, decirlo abiertamente parece haberle dado algo de valor para apagar el teléfono y abandonarlo en su cartera.
“¡No puede ser! También son ellos. ¿Le digo que vi a su novio en el consultorio de la señora de tacos y falda negra? ¿Le cuento que lucía arrepentido y que mencionó cuanto la quería?”
No hice nada de eso, tan sólo me serví de esta historia como anécdota en la cena.
Ahora los entiendo a ellos, ya no me deslumbran estas cosas, cada cual sigue su curso sin interesarse demasiado, parece ser que así funciona.
Una pena lo mío, tal vez podría haber comprendido a la doctora o ayudado a esa pareja.
Leandro Russo – www.sambola.com.ar
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18 de Mayo de 2009: Primer día de este blog. Si comprendiera el objetivo, la temática, el hilo conductor de esta Web, les aseguro que aquí mismo lo estaría exponiendo, admito entonces que no me queda tan claro aún. Así y todo, por favor, permítanme ir descifrándolo con el tiempo y mientras eso ocurre los invito a hacerme compañía leyendo un poco, sea todo esto lo que fuere que vaya a ser...